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13 april El burro y la flauta
Una vieja ardilla que era ciega les mostraba a un grupo de animales lo buena que era para reconocer los sonidos.
Pasaba por el camino una sigilosa zorra y con el simple movimiento de sus patas la ardilla la reconoció.
Luego de ella una cabra e igualmente fue reconocida, y así sucedió con la paloma, el águila y la tortuga.
En ese momento venía por el camino que atraviesa el bosque un burro. pero era un burro muy especial, pues tanto había vivido en el pueblo, entre los hombres, que había empezado a bailar; no lo hacia muy bien pero lo intentaba.
En el camino había un árbol que daba sombra y descanso a los viajantes en el cuál varios días atrás un muchacho había olvidado sobre una roca su flauta.
El burro, que conocía el paraje perfectamente se detuvo a descansar a la sombra del árbol. Él no estaba cansado, pero como siempre que alguien lo jalaba se detenía en ese mismo lugar, el ya estaba acostumbrado a detenerse ahí.
Cuando miró la flauta fue hasta ella y la reconoció como el objeto que los hombres se llevan a la boca para imitar el canto de las aves. intentó hacer lo mismo, ya que se sentía muy educado, pero de un mordisco la rompió y ni una nota pudo sacarle. sintiéndose apenado (la pena no es natural de los burros pero éste la aprendió de los hombres) se apartó apresurado temiendo que alguien lo viera (desde luego solo le preocupaban los hombres y no los animales del bosque).
- Eso - dijo la ardilla - fue un burro
Al presenciar esto, el grupo de animales se dirigió a la vieja ardilla ciega diciendo:
- Y nosotros pensábamos que ya lo habíamos visto todo.
A lo que la ardilla ciega les contestó:
- Yo también viví entre el hombre y muchas cosas le aprendí. pero no me dejé deslumbrar por las costumbres de ellos, sino que aprendí a leer. esta actividad de los hombres los hace crecer por dentro aun cuando por fuera se empiecen a encoger - claro que ningún animalito de los presentes entendió - y así fue como me acabé mi vista. Pero con todo lo que aprendí leyendo puedo asegurarles a ustedes que lo que le ha sucedido a este burro fue lo mejor que le pudo haber pasado. Por el bien de su ego, desde luego. La mosca y las frutasCierta mosca que se alimentaba del dulce de la fruta se detuvo a pensar en la cantidad de frutas que en su vida quería llegar a probar. No podía faltarle en su lista la sandía, aunque no fuera mucho lo que se fuera a comer de ella, consideraba que la debía probar. La fresa, esa exótica y llamativa fruta silvestre estaba en su lista, al igual que la uva, el plátano, el kiwi (aunque solo había oído hablar de él y no mucho, de hecho una vez nada mas y no escuchó de qué se trataba, pero como lo escuchó de otra mosca debía entonces tratarse de una fruta) y una cantidad de frutas muy extensa. Despreciaba alimentarse ya solo de naranjas o piñas, que era lo único que había probado en su corta existencia. Desdeñaba igualmente las frutas simples, según su parecer, como la toronja o la manzana. Guardaba sus ansias y su hambre para aquellas frutas que estaban en su lista. Aún y cuando ni viéndolas las pudiera reconocer las buscaba con afán. Otra mosca más vieja, esto es, con dos días más de vida que la nuestra, le comentó que en su juventud, que significaba tres días atrás, escuchó que las frutas exóticas son de temporada y eso quería decir que tardaría en haber en el mercado, que era donde las moscas volaban. Y así, decidió alimentarse de naranjas y manzanas, pero les comentaba a las otras que lo hacia solo en espera de aquellas que se había puesto como máximas. Fue varios días después cuando la mosca cayó muerta, no aplastada como suelen morir la mayoría, sino de vieja, ya que la vida de las moscas es muy corta. Lo mismo les pasa a algunos hombres que viven esperando mejores tiempos y desprecian lo que el presente les brinda.
La tortuga y la serpienteUna tortuga que a campo abierto el sol tomaba se burlaba de la incómoda posición en la que la serpiente en una rama descansaba. - ¡Cuántas vueltas debes darte en esa rama para no caerte! Seguramente no descansas. - Tal vez mi pose es incómoda, pero gozo de más tranquilidad que tú al descansar. - No entiendo tu tranquilidad, hermanita - le contestó la tortuga - no tienes caparazón para ocultarte y no tienes patas para caminar. Me parece que cualquiera te confundiría con una enrredadera. En ese momento un caballo ue pasaba pateó a la tortuga y la dejo boca arriba mientras decía: - ¿Cómo habrá llegado esta piedra tan grande a la mitad del camino? La tortuga, al no poder enderezarse, pedía ayuda a la serpiente. - Ayúdame o me ahogaré. Baja y dame vuelta. - Nada puedo hacer por tí, hermanita. - contestó la serpiente - No tengo patas, ¿lo olvidas?. Ahora... permíteme hacerte una pregunta: ¿Crees ue soy más debil que tú aún?. - No, yo... ahora te envidio. Y la turtuga murió.
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